El día que logró salir con vida, Enrique entendió que ya no tenía país. No fue una decisión valiente ni planificada; fue una huida desesperada después de dos días de golpes y amenazas, y un tercero en el que, según relata La Prensa Gráfica de El Salvador, estuvo a segundos de morir.
Lo soltaron, pero no por compasión, sino para que se fuera, para que desapareciera y que no volviera a Honduras.
Esa orden no terminó en la frontera. Enrique no sabía que el miedo no se queda atrás cuando uno huye: se esconde, espera, y, a veces, alcanza.
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El hondureño que no aceptó un negocio y la amenaza que no olvidó
Años antes del secuestro, cuando todavía construía su camino como emprendedor en Tegucigalpa, Enrique vio cómo su entorno cambiaba de golpe.
Vecinos de infancia y amigos de toda la vida comenzaron a tener dinero, viajes, lujos. La explicación, según cuenta, era una red que ofrecía visas americanas a quien pudiera pagarlas.
Un amigo cercano intentó involucrarlo y Enrique se negó. Pero la negativa no lo dejó fuera del radar.
Después de aquella conversación, recibió una advertencia que, con el tiempo, cobraría sentido: que no hablara, que tuviera miedo, que entendiera que había gente “arriba” a la que no convenía incomodar.
Decidió apartarse, apostó por su negocio, por su familia, por una vida que parecía avanzar en la dirección correcta.
Durante años lo logró y fundó una empresa. Vendió comida junto a los suyos, impulsó proyectos comunitarios y se ganó un nombre como emprendedor.
La historia del hondureño comenzó a ser reconocida, lo que él no sabía era que el pasado no había terminado.

Cuando el pasado regresó, ya no hubo salida
Siete años después, ese mismo amigo reapareció y aseguró haber dejado atrás los negocios ilegales.
Habló de una nueva vida, de muebles, de trabajo honrado. Enrique decidió creerle y reanudaron la relación hasta que todo volvió a romperse.
Un comentario en redes sociales, una reflexión sobre drogas y suicidio tras la muerte de una menor vinculada a una estructura criminal —según su versión—, bastó para encender la chispa.
A partir de ahí, el ambiente se volvió hostil para el hondureño y las señales fueron claras. Y luego llegó el golpe.
Lo secuestraron, lo mantuvieron con el rostro cubierto. Lo golpearon durante dos días y el tercer día, alguien entró al lugar.
Le ordenaron quitarse la capucha, cuando lo hizo, reconoció a la persona que, según relata, había llegado a ejecutarlo.
Suplicó. Fue instinto, miedo puro. Contra todo pronóstico, lo dejaron ir. Desnudo, golpeado, marcado, pero no libre. “No te queremos ver acá, ni en Honduras”, asegura que le dijeron.

Cruzó la frontera,
Con lo poco que pudo reunir y huyó. El 11 de marzo de 2025 llegó a El Salvador convencido de que la distancia bastaría para protegerlo. Buscaba refugio, silencio y empezar de nuevo.
Pero, según su testimonio, la persecución ya lo había alcanzado. Relata que, en el estacionamiento del lugar donde vivía, recibió una llamada de un hombre con acento mexicano que decía ir a buscarlo.
Cuando salió a verificar, el sujeto lo confrontó por el caso de la menor. La conversación subió de tono, hubo forcejeo y otro individuo apareció. Sacó un arma y lo amenazó.
Un refugio que no llega y un expediente que se enfría
Ante el peligro, el hondureño acudió a la Agencia de la ONU para los Refugiados, que lo remitió a la instancia estatal encargada de determinar su condición.
El 20 de marzo de 2025 formalizó su solicitud y desde entonces, espera. Tiene un documento que dice que su caso está en trámite, hay cartas enviadas a instituciones, pero lo que no tiene es una respuesta.

La última puerta: salir antes de que sea tarde
Sin respuestas, decidió escalar su caso, elevó una denuncia ante instancias internacionales por la presunta violación de sus derechos y por el riesgo que enfrenta.
Pide algo que, en su situación, suena básico: protección real o la posibilidad de salir a un tercer país. “No es por caridad”, insiste. “Es por una oportunidad”.
Mientras tanto, intenta convertir su historia en voz, ha comenzado a crear música, a contar lo que vivió, a narrar lo que significa huir y no encontrar refugio.
Es una forma de resistir, de no desaparecer y de seguir pidiendo ayuda en un sistema que no responde.
Enrique escapó para salvar su vida, pero la amenaza no se quedó en Honduras. Cruzó con él, se instaló en su rutina y se coló en sus noches sin sueño y en sus días sin certeza.
Hoy no solo huye del pasado, también huye de un presente que no lo protege. Y mientras espera una respuesta que no llega, vive con la sensación de que el tiempo, como quienes lo persiguen, también juega en su contra.
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