“Vas a hacerle una sotana a un jesuita que no sabe que lo van a nombrar monseñor.” Esa fue la instrucción que recibió Graciela Meraviglio del cardenal primado de Argentina en 1989.
Sin hacer más preguntas, tomó sus herramientas de costura y partió desde Buenos Aires hasta el convento de los jesuitas en Córdoba, a 800 kilómetros de distancia.
Al llegar, le dijeron que el padre Jorge estaba en retiro. “No va a querer que le hagas la sotana, pero vos andá igual”, le habían advertido. Cuando lo encontró, la recibió sin saber quién era ni qué hacía allí.
—“¿Y usted quién es?” —le preguntó el padre Jorge.—“Soy la sastre eclesiástica, vengo a hacerle una sotana”.—“¿Y para qué me va a hacer una sotana?” —respondió él, con una mezcla de desconfianza y sorpresa.
“Yo nunca voy a usar sotana”
En el relato de Graciela, Jorge Bergoglio estaba vestido con pantalón y camisa, leyendo un libro en un escritorio modesto, adornado solo con una imagen de San José.
No quería sotana. “Yo nunca voy a usar sotana”, insistía, con la convicción de quien se sabe incómodo con las etiquetas.
Pero Graciela no se dejó intimidar. Le explicó que solo necesitaba tomarle las medidas. Él se resistía, hasta que ella, con una observación quirúrgica, le dijo: “Usted tiene una pierna más larga que la otra, ¿no tiene una radiografía de columna?”.
Él la miró con suspicacia, sorprendido por la precisión. “Usted es una cíngara (gitana)”, le dijo entre risas. Y así, como quien rinde la guardia, aceptó que le hiciera la sotana.

“Usted va a llegar más lejos”
Graciela sabía lo que venía. “Usted va a ser monseñor en Buenos Aires”, le dijo sin titubear.
“No, yo no voy a ser monseñor”, replicó él. Pero el tiempo le daría la razón a ella. Fue obispo auxiliar, luego cardenal.
Y aunque el padre Jorge insistía que jamás sería papa, Graciela tejía silenciosamente una fe que iba más allá del hilo y la aguja.
“Siempre decía que no, que papa no iba a ser. Y cuando fue por segunda vez a Roma, le dije que esta vez sí se iba a quedar allá”, cuenta Graciela.
Él le respondió entre risas: “¿Quién va a nombrar a un papa que ya prende de la jubilación?”. Tenía 65 años.
“Ya no sos cíngara, ahora sos bruja”
Cuando Jorge Mario Bergoglio lo eligieron papa en 2013, Graciela recibió una llamada: “¿Vas a venir o no por la sotana?”. Y fue.
Se la llevó. Se abrazaron. Y él, con esa chispa que siempre lo acompañó, le dijo: “Ya no sos cíngara, ahora sos bruja”.
A lo largo de los años, Graciela no solo le hizo la sotana de monseñor, cardenal y papa, también le reparó otras.
“Él no quería nada nuevo, me decía que le trajera botones, colillas. Era un hombre de reparar”, recuerda.
El hilo invisible de la historia
Graciela Meraviglio no es solo la costurera del papa. Es testigo de una historia que no se encuentra en los libros, ni en los sermones, ni en las grandes crónicas del Vaticano.
Ella vio de cerca a un hombre antes de que el mundo lo conociera como Francisco. Lo midió, lo enfrentó con dulzura, y le cosió la primera sotana con manos de fe.
“Así empezó mi relación con él”, dice con voz serena. Una relación marcada por los pequeños detalles, por una tela que abrazó un destino que nadie excepto ella vio venir.
