El Hospital San Rafael, desde su apertura en los años 40 en Ciudad de México, se distinguió por su régimen único y perturbador.
En lugar de médicos, fueron los religiosos quienes administraron los tratamientos, combinando medicamentos con exorcismos, convencidos de que muchos pacientes estaban poseídos por demonios.
Lo que debería haber sido un espacio de cura, rápidamente se transformó en un lugar de sufrimiento y desesperación para aquellos que entraron en busca de ayuda.
Mario Cantú, uno de los sobrevivientes de este macabro tratamiento, relató su experiencia en una entrevista con el periódico El Día de la Ciudad de México.

En su testimonio, Mario cuenta cómo un joven sin antecedentes de enfermedad mental fue llevado a la clínica después de una disputa familiar. Allí, el joven fue sometido a terapias de electrochoque sin su consentimiento, mientras los religiosos realizaban rituales extraños a su alrededor.
Convulsiones, dolor extremo y una profunda sensación de miedo marcaron semanas interminables de sufrimiento.
"Caminaba arrastrándome por los pasillos, observando cómo las cruces y los rezos acompañaban mi tormento", compartió Mario.
¿Qué secretos oscuros ocultaba la Clínica San Rafael?
Pero el sufrimiento no era solo físico. Muchos pacientes y trabajadores del hospital hablaron de presencias sobrenaturales en los pasillos. Figuras oscuras y sombras extrañas rondaban a los internos, creando una atmósfera de pavor constante.

Los testimonios sobre las entidades que se manifestaban, tanto en los pasillos como en las habitaciones, alimentaron las leyendas que todavía persisten hoy.
¿Qué ocurrió con la Clínica San Rafael después de su cierre?
El hospital, finalmente demolido, sigue siendo recordado por su oscuro pasado. Antes de su desaparición, un grupo de jóvenes decidió investigar por su cuenta los rumores sobre la Clínica San Rafael.
Armados con cámaras, linternas y grabadoras, se adentraron en el hospital abandonado con la intención de descubrir la verdad detrás de las historias de fenómenos paranormales.
Durante su exploración, encontraron un cuarto en el que yacía un cuerpo en avanzado estado de descomposición sobre un colchón viejo. El aire estaba impregnado con el olor de la humedad y la descomposición.
A pesar del miedo palpable, los jóvenes continuaron grabando, documentando cada rincón del hospital, decididos a no ceder ante el pánico.
Sin embargo, su desaparición tras esa noche sigue siendo un misterio. Nadie sabe qué ocurrió con ellos, y solo quedaron las grabaciones y las historias, que más tarde inspiraron al cineasta Abe Rosenberg para su película.
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