No fue el desierto lo que detuvo el viaje de Ulises, uno de los miles de niños migrantes hondureños que emprendieron la ruta hacia Estados Unidos.

Tampoco el río que cruzó junto a su familia ni los puentes que dejaron atrás durante la travesía.

Lo que frenó su camino fue México, el país donde el sueño migratorio se suspendió y donde ahora vive con otro temor: encontrarse con una autoridad.

Tiene apenas 11 años y salió de Honduras convencido de que el recorrido continuaría hacia el norte, pero la ruta cambió.

Su familia agotó el dinero que llevaba y el destino final dejó de ser Estados Unidos para convertirse en un campamento improvisado en territorio mexicano.

"Fue mucho dinero que nos quitaron para venir acá", relata el menor, cuya identidad fue protegida por la organización Plan Internacional bajo el nombre ficticio de Ulises.

Su historia no es excepcional, es el reflejo de una realidad que comienza a consolidarse para cientos de niños migrantes hondureños.

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Niños migrantes hondureños ya no solo cruzan México; permanecen allí

Durante años, México se vio como una escala obligatoria rumbo a Estados Unidos, pero hoy, esa realidad cambió.

Una investigación elaborada por Plan Internacional, basada en entrevistas con 136 niñas, niños y adolescentes migrantes asentados en campamentos de Chiapas, Chihuahua y Ciudad de México, concluye que el país es un lugar de estancia prolongada para miles de menores.

Muchos ya no avanzan, tampoco regresan y simplemente permanecen atrapados. Entre los participantes del estudio, los menores de Venezuela representan el grupo más numeroso.

Cuba ocupa el segundo lugar y Honduras aparece como el tercer país de origen con mayor presencia infantil en estos asentamientos.

dibujos de los niños migrantes
Los dibujos fueron elaborados por niñas, niños y adolescentes migrantes que participaron en el estudio de Plan Internacional y reflejan, desde su propia mirada, las emociones, temores y experiencias que viven durante su permanencia en México. Foto: cortesía.

El miedo cambió de rostro

Atrás quedaron los traficantes de personas, las caminatas interminables y los cruces clandestinos, ahora el temor tiene uniforme.

Los investigadores encontraron que muchos menores migrantes viven convencidos de que cualquier contacto con una autoridad puede terminar en una detención por su condición migratoria.

Esa percepción los lleva a desconfiar de policías, funcionarios e instituciones, incluso cuando podrían brindarles ayuda.

El miedo no solo limita sus movimientos, también los mantiene invisibles y en varios de los campamentos informales donde sobreviven, los menores están expuestos a riesgos de violencia.

Además de discriminación y trabajo infantil, una combinación que agrava aún más su vulnerabilidad.

Los dibujos
Con lápices y colores, los niños migrantes plasmaron lo que a veces no logran decir con palabras: el miedo, la incertidumbre y la esperanza que acompañan su vida en México. Foto: cortesía.

La discriminación también viaja con ellos

El estudio revela que muchos niños aseguran haber sido rechazados únicamente por su nacionalidad.

Los testimonios muestran que la discriminación golpea con mayor frecuencia a menores venezolanos y colombianos.

Aunque el ambiente de desconfianza y exclusión alcanza a niños de distintas procedencias, incluidos los hondureños.

La consecuencia es silenciosa: crecer sintiendo que pedir ayuda puede convertirse en un problema.

El sueño americano terminó en un campamento

Para numerosas familias, la ruta migratoria cambió por necesidad. La falta de dinero, los controles migratorios, el endurecimiento de las políticas y los riesgos del trayecto obligaron a miles de personas a permanecer en México mucho más tiempo del que imaginaron.

Eso significa que cientos de niños dejaron de vivir una travesía temporal para comenzar una infancia marcada por la incertidumbre.

Ya no esperan únicamente cruzar una frontera, esperan poder ir a la escuela, jugar sin miedo o salir de un campamento sin pensar que una revisión de documentos puede cambiarles nuevamente la vida.

Lo que perciben

Una generación atrapada entre dos países

Los niños migrantes hondureños no solo cargan la historia del país que dejaron atrás, también enfrentan el peso de un futuro que permanece detenido.

México, que durante décadas fue apenas una estación en el camino hacia Estados Unidos, se convirtió para muchos en un destino inesperado.

Allí, lejos de casa y aún lejos del sueño que los hizo partir, crecen aprendiendo una lección que ningún niño debería conocer: que el miedo también puede tener fronteras.

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