Hubo un instante en que Víctor Hugo Díaz Morales, alias “El Rojo”, dejó de hablar de cargamentos de cocaína, rutas y negocios del narcotráfico.

La violencia que describía ya no tenía enfrente a un rival ni a un hombre que consideraba una amenaza: era su esposa.

Ante el jurado de la Corte del Distrito Sur de Nueva York, el narcotraficante hondureño-guatemalteco reconoció que le disparó en el rostro y que llegó a creer que la había matado.

La reacción fue inmediata en aquella sala, un profundo “¡oh!” recorrió el Tribunal del juez Kevin Castel.

Era octubre de 2019 y “El Rojo” declaró en el juicio contra el exdiputado hondureño Juan Antonio “Tony” Hernández Alvarado.

Aquella confesión era apenas una de las piezas de un historial mucho más oscuro que él mismo colocó frente al jurado: admitió participar en al menos 18 asesinatos y dejar gravemente heridas a otras cuatro personas.

No era otro testigo describiendo lo que supuestamente hizo, era "El Rojo" hablando de "El Rojo".

Y mientras avanzó su declaración, detrás del narcotraficante que colaboró con Estados Unidos comenzó a aparecer otro personaje: un hombre al que la Fiscalía estadounidense describiría como “explosivo y violento”.

Un hombre capaz de responder con muerte cuando comenzó a desconfiar de quienes lo rodearon.

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“El Rojo” y la confesión que golpeó a la sala

Díaz Morales no necesitó una descripción ajena para revelar la violencia que marcó su vida, la confesó.

Cuando habló del disparo contra su esposa, reconoció que pensó que la había matado. El relato impactó dentro de la sala, pero el episodio adquiría otra dimensión frente al resto de lo que admitió durante su cooperación con la justicia estadounidense.

Dieciocho muertos, cuatro personas gravemente heridas y su propia esposa baleada y había más.

Durante su testimonio también reconoció ordenar el asesinato de la hija de un narcotraficante rival cuando la pequeña tenía apenas tres años.

Documentos y publicaciones posteriores sobre su historial criminal recogieron esa admisión entre los hechos violentos confesados por Díaz Morales.

El rival al que hacía referencia habría sido Héctor Emilio Fernández Rosa, alias “Don H”, uno de los nombres de peso del narcotráfico hondureño de aquella época.

La relación entre ambos se deterioró hasta convertirlos en adversarios. Fuentes sobre la trayectoria de Díaz Morales ubican a “Don H” entre los narcotraficantes con quienes inicialmente tuvo vínculos antes de operar de manera independiente.

En el estrado hubo momentos en que “El Rojo” parecía incómodo. Contestaba corto y su expresión permanecía dura.

Pero había una palabra que aparecía detrás de varias de sus explicaciones: miedo.

captura
Víctor Hugo Díaz Morales, alias “El Rojo”, fue capturado en Guatemala en 2017, tras años de moverse entre Honduras, Colombia y territorio guatemalteco mientras era seguido por las autoridades. Foto: PNC Guatemala.

Mató por miedo... pero también huía por miedo

Ahí estaba una de las contradicciones más inquietantes del personaje, el hombre que admitía semejante historial de violencia también aseguró sentir miedo.

Y en su mundo, tener miedo podía significar que alguien más muriera y dos nombres permiten entenderlo: Carlos Toledo y Marlon Resinos.

Eran sus colaboradores cercanos, pero cuando dejaron de parecerle personas de confianza, “El Rojo” ordenó asesinarlos.

El miedo a una posible traición fue una sentencia de muerte contra hombres que habían estado de su lado y sin embargo, el miedo también lo hizo correr.

Cuando la disputa con “Don H” escaló, Díaz Morales huyó a Colombia. La guerra entre narcotraficantes que se desató terminó obligándolo a buscar refugio lejos del territorio donde construyó parte de su poder.

Después volvió a escapar y esta vez hacia Guatemala. El detonante de su huida fue un episodio que lo colocó peligrosamente cerca de las autoridades estadounidenses.

Un atentado contra agentes de la DEA en San Pedro Sula lo relacionaron con sus operaciones criminales. Ya no solo tenía enemigos dentro del narcotráfico, también Estados Unidos lo estaba siguiendo.

De hombre perseguido a testigo de Estados Unidos

La carrera terminó en Guatemala, a Díaz Morales lo capturaron en Ciudad de Guatemala en marzo de 2017.

Lo extraditaron a Estados Unidos en abril de 2018, donde enfrentó cargos relacionados con el tráfico de drogas.

Pero una vez frente a la justicia estadounidense, “El Rojo” tomó otra decisión: colaborar.

Comenzó a entregar información sobre rutas, propiedades, narcotraficantes, operaciones y conexiones.

Esa cooperación terminaría llevándolo al estrado en uno de los procesos que más sacudieron a Honduras: el juicio contra Juan Antonio Hernández Alvarado.

Allí habló de narcotráfico y política, pero también tuvo que abrir una puerta mucho más personal: la de sus propios muertos.

Cada confesión dibujó al hombre que existía detrás del alias.

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Víctor Hugo Díaz Morales, alias “El Rojo”, durante su declaración ante la Corte del Distrito Sur de Nueva York, donde sus propias confesiones expusieron un historial de violencia que incluyó 18 asesinatos y el ataque contra su esposa.

Las confesiones de “El Rojo” lo ayudaron

Había una razón poderosa para hablar: la cooperación con la Fiscalía era la diferencia entre permanecer durante décadas tras las rejas o conseguir una reducción sustancial de su castigo.

Años después, su defensa utilizaría precisamente esa colaboración para pedir consideración al juez Kevin Castel.

En septiembre de 2025, su abogado Scott Kalisch destacó el papel que desempeñó como testigo en procesos relacionados con el narcotráfico hondureño.

Y finalmente ocurrió algo difícil de separar de aquellas confesiones: “El Rojo” cumplió su condena.

El 30 de octubre de 2025, el juez Castel ordenó que la Fiscalía Federal y el Servicio de Alguaciles de Estados Unidos realizaran las gestiones correspondientes para proceder con su salida hacia Guatemala, país desde donde lo extraditaron en 2018.

Hoy, “El Rojo” está libre, pero su salida de prisión no terminó precisamente con un regreso a Guatemala, el país al que el juez Kevin Castel ordenó encaminar su deportación.

Por razones de seguridad, no se especificó públicamente el país en el que permanece actualmente “El Rojo”, por lo que su ubicación se mantiene bajo reserva.

Así, el hombre que alguna vez huyó de Honduras por miedo dependió de sus palabras para reducir el peso de su pasado ante la justicia estadounidense.

Porque cuando “El Rojo” subió al estrado para ayudar a hundir a otros, inevitablemente tuvo que hablar de sí mismo.

Aquella vez no fue un fiscal quien tuvo que desnudar al personaje frente al jurado, lo hizo “El Rojo” con sus propias confesiones.

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