El reciente cambio de color del cometa interestelar 3I/Atlas, que pasó de una tonalidad rojiza a un brillo verde intenso, ha generado especulación en redes sociales sobre la posibilidad de que el objeto albergue vida. Sin embargo, científicos aclaran que el fenómeno responde a procesos químicos normales en cometas activos y no a señales biológicas.

Investigadores de la Fundación Nacional de Ciencias (NSF), a través del telescopio Gemini Norte, detectaron esta variación cromática mientras el cometa se aproxima al Sol.

De acuerdo con el NOIRLab de la NSF, el color verde es provocado por la presencia de carbono diatómico (C₂), una molécula que emite ese tono característico cuando es excitada por la radiación solar.

Una reacción química, no una señal de vida

El cambio de color indica que el núcleo del cometa se está calentando y liberando nuevos compuestos gaseosos al espacio.

Meses atrás, cuando fue observado por el telescopio Gemini Sur, 3I/Atlas presentaba un resplandor predominantemente rojo, señal de una actividad mucho más baja.

El astrofísico Avi Loeb explicó que la transición de rojo a verde evidencia una modificación en la composición molecular de la nube de gas que rodea al cometa.

“El halo brillante parece verde, posiblemente como resultado de las moléculas de carbono diatómico que emiten luz verde”, señaló.

Aunque el fenómeno resulta llamativo, no es exclusivo de este visitante interestelar. Cometas del propio sistema solar, como 12P/Pons-Brooks y C/2025 F2 (SWAN), han mostrado un comportamiento similar al activarse por la cercanía al Sol.

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Monitoreo constante desde la NASA

La NASA mantiene un seguimiento permanente del cometa 3I/Atlas mediante una amplia red de instrumentos espaciales, entre ellos Hubble, Webb, TESS, Swift, SPHEREx, SOHO y varias misiones interplanetarias.

Estas observaciones han permitido estimar que el núcleo del cometa podría tener hasta 5.6 kilómetros de diámetro, aunque algunos cálculos sugieren que su tamaño real podría ser menor.

Según las proyecciones actuales, 3I/Atlas alcanzará su punto más cercano a la Tierra el próximo 19 de diciembre, sin representar ningún riesgo para el planeta.

Para la comunidad científica, este objeto ofrece una oportunidad única de estudiar material primitivo proveniente de otro sistema estelar y comprender mejor los procesos químicos que ocurren en el espacio profundo.

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