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Transparencia electoral y rendición de cuentas de afuera

Los partidos políticos renunciaron a recuperar el poco crédito que ya les quedaba con la sociedad, perdiendo tal vez la última oportunidad para reducir su distanciamiento y desafección con los ciudadanos


A 26 días para las elecciones primarias, no hay un mecanismo para contar los votos. A menos de cuatro semanas para esos comicios internos, los tres partidos políticos que van a la contienda electoral no saben cómo se procesarán los resultados que arrojen las urnas.

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Con llamarle una emergencia y hasta una tragedia electoral dimensionaríamos tal vez todos los parámetros de preocupación y alarma que la situación a esta altura del proceso debería generarnos.

Pero el nivel de desconfianza, celos y recelos, opacidad moral y deslealtad a los intereses patrióticos y democráticos de lo que han hecho gala los tres titulares del Consejo Nacional Electoral y la clase política en general, no hace más que terminar de dejar en evidencia los síntomas de la enfermedad grave que amenaza la salud y la vida de la democracia hondureña.

Por eso es que aquí es fácil entender y explicar porque la democracia no se consolidó. Por eso es que las instituciones democráticas hondureñas son tan débiles y por eso es que los partidos políticos han sobrevivido a los tiempos nada más sino a través del llamado clientelismo del bono electorero. “o me pagan o no les doy el voto”.

Que a 26 días apenas para un proceso comicial, la institucionalidad electoral no nos garantice certidumbre, confianza y seguridad es grave, pero peor es que a esta altura esa institucionalidad política y electoral tradicional no haya intentado siquiera remover sus conductas fraudulentas y sacudirse de sus hombros esa especie de encantamiento con el fraude y la trampa.

Y ante esa ralentizada escasez de confianza y viendo como la moralidad institucional y partidista se va desangrando, hasta poner en riesgo la vida democrática misma, es y tendrá que ser la comunidad internacional, los países cooperantes –como ya lo hicieron en los dos últimos procesos electorales generales- a los que de nuevo terminaremos como país acudiendo porque tampoco esta clase política doméstica parece desafiada  en recuperar el escaso crédito que apenas le queda y ensanchar su cercanía con el ciudadano.

Y qué pena que tengamos que buscar afuera lo que aquí ya no parece ser posible conseguir.

Pero otra vez tendrá que ser Naciones Unidas, la Unión Europea o la OEA los que nos tengan que ayudar a sacar la democracia hondureña de la hoguera de desconfianza, incertidumbre e inseguridad, que a fuerza de trampa y fraude la clase política nacional se ha empeñado en atizar.

Mientras las demás democracias representativas centroamericanas, a excepción de Nicaragua, avanzaron a lo largo de las dos últimas décadas,  en el fortalecimiento de sus sistemas electorales, en Honduras no solamente nos quedamos atrás en por ejemplo una sola vuelta electoral, sino que tenemos que depender de la comunidad internacional, de observadores foráneos, de los países cooperantes, para transparentar y generar las mínimas condiciones de credibilidad en los procesos electorales domésticos.Que vergonzosa y humillante realidad.                                                                           

Los partidos políticos renunciaron a recuperar el poco crédito que ya les quedaba con la sociedad, perdiendo tal vez la última oportunidad para reducir su distanciamiento y desafección con los ciudadanos.

No quisieron apostar a la transparencia y la rendición de cuentas y a competir bajo reglas electorales estables e inclusivas que los legitimarán y los representarán ante el elector y entonces como país -de nueva cuenta- hay que apelar a la comunidad internacional para que sean de afuera los que nos puedan ayudar a sostener, aunque sea, las mínimas garantías de transparencia y credibilidad en estos procesos electorales domésticos estilo Honduras.

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