6 abr.. 2026
Martha Argerich no es solo una de las representantes más brillantes de la música académica del siglo XX: también es musa.

Mi amigo Jaime Toledo —hijo del mundialista en España 82, Javier Toledo— me enseñó a tocar el piano. Lo hizo de la forma en que él sabía y del modo en que yo podía aprenderlo.
Luego, el músico Samuel Márquez me enseñó otro tanto, quizá en un plano más profesional, pero sin la profundidad necesaria. No por él, por supuesto, sino por mi temprana huida de la música, a pesar de que siempre he dicho, un poco en broma un poco en serio, que soy escritor porque no pude ser músico.
Y no es cierto, claro, pero me gusta creerlo.
Entonces tendría yo unos catorce años y, además de mi confesa devoción por Chucho Valdés y algunos pianistas clásicos como Verdi y Debussy, no tenía idea de que hubiese, en Hispanoamérica, una artista del piano tan virtuosa como los genios de otras épocas. Pero la había y se llamaba Martha Argerich.
Lo supe una década después, en 2010 cuando, luego del concierto de Roman Rudnitsky en el Teatro Nacional Manuel Bonilla de Tegucigalpa, una conversación entre mi madrina, Ruth Eisemann y el concertista, abrió mi mundo hacia el mágico misterio musical de Argerich.
Mi primera impresión, hay que decirlo, no vino por su música, sino por un extraño síndrome padecido únicamente por mí: me enamoré de una fotografía antigua donde ella, vestida de negro, con el cabello suelto y un cigarrillo en la mano, mira fijamente a la cámara con la arrogancia propia de la juventud.
Luego el amor llegó por los oídos, y me pasé todo ese año reproduciendo sus versiones de Prokófiev, Ravel, Beethoven, Schumann, Rachmaninoff y Brahms.
Desde entonces, y hasta ahora, he dedicado muchas horas de mi vida a escuchar su magnífica interpretación de los compositores clásicos —particularmente de Chopin—, sus conciertos memorables y, por supuesto, Argerich Plays Chopin, su disco más querido por mí.
La Navidad pasada, muchos años después de aquel primer encuentro con su música, mi amiga Elvira Santos me obsequió, en un hermoso empaque, el Martha Argerich: una biografía; ese estupendo ensayo donde Olivier Bellamy explora la vida y obra de Martha y la ubica como una de las representantes más brillantes de la música académica del siglo XX.
Nadie, en su sano juicio, diría lo contrario.
Ayer Domingo de Resurrección, mientras bebía café en un modesto sitio del centro de Tegucigalpa, noté que, en la pared, en un pequeño cuadro polvoriento, una mujer fumaba con actitud desafiante.
Al verla sonreí, apresuré el café, recordé mi primer acercamiento al piano y supe, con ingenua alegría, que esa mujer se parecía a Martha Argerich.
Martha Argerich no es solo una de las representantes más brillantes de la música académica del siglo XX: también es musa.
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