La mañana del 8 de diciembre de 2009 comenzó como cualquier otra para el general retirado Julián Arístides González Irías, el zar antidrogas.

Acompañado de su hija, se dirigió a la Escuela Pinares, en El Hatillo. Ignoraba que este sería su último viaje. Apenas cruzó el semáforo del barrio Guanacaste, el destino le tendió una trampa mortal.

Desde las primeras horas, un equipo compuesto por tres vehículos, cuatro agentes de tránsito y tres sicarios en motorizadas ya lo esperaba.

Con precisión quirúrgica, el operativo cerró las vías de escape. Los agentes de tránsito, instruidos para facilitar el paso de los asesinos, simplemente "no vieron nada".

Una ejecución calculada

La investigación posterior reveló un nivel de planificación alarmante. Según informes de la Oficina de Inteligencia de la Policía y videos de vigilancia, los sicarios se acercaron en motorizadas.

Los responsables incluían a Gherluis Salgado, su hermano y un hombre conocido como “el Macho”.

“La orden fue clara: den luz verde y no intervengan”, señalan documentos vinculados al caso.

Aunque las pruebas apuntaron hacia la colusión entre narcotraficantes y elementos de la Policía Nacional, el caso nunca avanzó.

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Honduras está en deuda

Kenneth Madrid, analista en seguridad, es tajante al respecto: “Honduras tiene una deuda con la justicia. Nunca hubo un procesamiento serio. Los involucrados, tanto materiales como intelectuales, siguen libres”.

Madrid también señala el impacto humano del asesinato: “La familia del general quedó desamparada, sin reconocimiento del daño por parte del Estado”.

El analista destaca la necesidad de reabrir el caso del zar antidrogas, utilizando nuevos testimonios que salieron a la luz.

Para él, un paso crucial sería la presentación de requerimientos fiscales contra los responsables, un acto de justicia que también significaría resarcir a la familia.

El pecado de combatir el narco

El general Julián Arístides González cometió un "pecado imperdonable": enfrentarse al narcotráfico con determinación.

Entre sus logros destacaban la incautación de pistas clandestinas y la desarticulación de redes que operaban en Gracias a Dios. Sin embargo, estas acciones también firmaron su sentencia de muerte.

"Los narcos sellaron el pacto; su cabeza tenía un precio", revela un investigador anónimo.

La Policía Nacional, corrompida hasta los cimientos, ejecutó la orden. Desde entonces, las autoridades se limitaron a elaborar informes sin consecuencias.

Un caso abandonado

A pesar de las pruebas contundentes: informes oficiales, testimonios de testigos y grabaciones, el caso languidece en el olvido.

Ningún alto funcionario ha sido llevado ante la justicia, y la familia del zar antidrogas vive con el peso de la ausencia y la impotencia.

La sociedad hondureña también carga con esta deuda. “El asesinato del zar antidrogas no es solo un caso aislado; es un símbolo de la impunidad que corroe nuestras instituciones”, concluye Madrid.

Un clamor por justicia

Son 15 años y el silencio persiste, pero las heridas siguen abiertas. La familia de Julián Arístides González y expertos en seguridad exigen que el caso se retome con seriedad.

Solo así Honduras podrán empezar a sanar las cicatrices de un sistema que permitió que el coraje de un hombre fuera castigado con la muerte.

“Que no quede en el olvido”, claman sus allegados. Y, para un país atrapado entre el narcotráfico y la corrupción, cumplir esa promesa podría marcar el inicio de un cambio verdadero.