Diciembre de 2013 quedó grabado en la memoria colectiva de Honduras como un mes teñido de sangre por un asesino serial.

A ocho mujeres las asesinaron en dos ataques distintos pero conectados por un mismo patrón de violencia y terror. Las investigaciones concluyeron que detrás de estos crímenes estaba David Ariel Portillo Turcios, alias El Destructor, miembro activo de la Pandilla 18.

A más de diez años de los hechos, la justicia hondureña respondió con contundencia: 229 años de prisión, una de las sentencias más severas dictadas en la historia reciente del país.

Aunque el fallo no devuelve la vida de las víctimas, representa un símbolo de resistencia ante la impunidad.

El asesino, dos ataques y la brutalidad

El 12 de diciembre de 2013, cuatro mujeres fueron atacadas mientras compartían en un establecimiento del barrio Medina, en San Pedro Sula.

Sujetos fuertemente armados llegaron en una camioneta y abrieron fuego. Senovia Rodríguez Paz, Milagro del Rosario Bonilla García y Ana María Bautista Zaldívar murieron en el lugar.

A Zoila Yamileth Sánchez Zaldívar se la llevaron herida, pero la encontraron sin vida horas después, abandonada en la 33 calle del sector El Polvorín.

El segundo ataque ocurrió el 30 de diciembre. Cuatro mujeres más: a Irma Melisa Benítez Lewis, Irina Maricela García Enamorado, Gabriela Alejandra Osorio Irías y Angélica Andrade López las asesinaron dentro de un negocio en el barrio El Centro.

Los responsables ingresaron armados con fusiles y pistolas, dispararon sin piedad y dejaron la escena bañada en sangre.

Ambas masacres tenían una conexión: las víctimas eran mujeres, las armas eran las mismas y los vehículos que usaron coincidían.

Para las autoridades, no había duda: el patrón criminal respondía a un mismo grupo.

El rostro del terror: El Destructor

Gracias al testimonio de testigos protegidos, la justicia identificó a El Destructor como uno de los actores principales de los crímenes.

Junto a él, participó un menor de edad y otros sujetos conocidos solo por sus alias: Campana, Cazador, Bofo y Pascual.

Todos ellos, según las declaraciones, eran parte de la estructura de la Pandilla 18, que en ese momento mantenía una disputa sangrienta por el control territorial de zonas claves de San Pedro Sula.

El juicio evidenció que las mujeres no fueron víctimas colaterales, sino objetivos directos dentro de una estrategia de dominio criminal.

Los asesinos buscaron enviar un mensaje de fuerza a grupos rivales y usaron los cuerpos de las víctimas como advertencia brutal.

Una sentencia que marca un precedente

El fallo judicial que condenó a David Ariel Portillo Turcios a 229 años de prisión por asesinato, asociación ilícita y robo de vehículo se considera como una de las decisiones más emblemáticas en la lucha contra la criminalidad organizada.

Representa, además, una rara excepción en un país donde el feminicidio y la impunidad son normas silenciosas por años.

Activistas y organizaciones defensoras de derechos humanos coincidieron en que la sentencia fue un paso en la dirección correcta, aunque lamentaron que tomara tantos años alcanzar justicia.

Ocho nombres que Honduras no olvida

Los rostros y nombres de las ocho mujeres asesinadas en 2013 no se borran de la memoria de sus familias ni de una sociedad que aún busca respuestas.

Cada una de ellas tenía una historia, una vida, una familia. No fueron números. Fueron víctimas de un país que, en aquel diciembre, miró de frente su peor rostro.

Y aunque hoy El Destructor enfrenta el peso de una condena que lo mantendrá tras las rejas por el resto de su vida, el país aún carga con el duelo.

Porque en Honduras, el recuerdo duele, pero también sostiene la promesa de no olvidar.