Los molinos de maíz tenían un sonido inconfundible, bastaba escuchar el motor y el movimiento de las bandas para saber que pronto habría tortillas calientes en casa.

Durante décadas, aquellas máquinas formaron parte de la vida cotidiana de numerosas comunidades hondureñas, allí llegaban las familias con sus recipientes llenos de nixtamal.

El motor impulsaba el mecanismo, se trituraban los granos y la masa salía lista para regresar a las cocinas.

Después comenzaba otro ritual: encender el fogón, preparar el comal de barro y formar las tortillas con las manos.

El aroma del maíz recién cocinado llenaba las viviendas y una tortilla caliente, acompañada únicamente con sal, bastaba para disfrutar aquel alimento.

Sin embargo, el paso de los años transformó esa rutina, muchos de aquellos molinos dejaron de funcionar y otros desaparecieron de los barrios donde marcaron generaciones.

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Los molinos de maíz que despertaban a los barrios hondureños

En la década de 1970, Tegucigalpa todavía conservaba establecimientos donde las familias acudían a moler el maíz.

Uno de ellos era el recordado Molino Rojo, ubicado en la subida de La Leona, un sector histórico de la capital hondureña.

Su nombre permanece asociado a una época en la que preparar tortillas implicaba salir de casa con el nixtamal y regresar con la masa.

Esos molinos también formaron parte de la vida cotidiana en Santa Rosa de Copán, al occidente de Honduras.

En el barrio El Calvario, los molinos acompañaron durante años las actividades domésticas de numerosas familias.

Aquellas máquinas no solo procesaban el maíz, también formaron parte de una rutina comunitaria que reunía a vecinos alrededor de una necesidad compartida.

los molinos de maíz
Un molino se mantiene activo en la aldea Lomitas del Este, en el municipio de Olanchito, departamento de Yoro. Foto: cortesía.

Del nixtamal al comal: así comenzaba la preparación de las tortillas

Antes de llegar al molino, el maíz debía pasar por un procedimiento que las familias conocían y repetían de generación en generación.

Primero, cocinaban los granos en agua con cal. Este proceso, conocido como nixtamalización, facilitaba retirar la cubierta del maíz y prepararlo para la molienda.

Después, lavaban el nixtamal y lo llevaban al molino, donde se trituraba hasta convertirlo en una masa húmeda.

De regreso en casa, las manos completaban el trabajo y las mujeres, tradicionalmente encargadas de esta preparación, formaban las tortillas y las colocaban sobre el comal caliente.

El fuego de leña y el barro formaban parte de aquella cocina que alimentó a generaciones de hondureños.

De 190 molinos en Tegucigalpa a una tradición que pierde terreno

La importancia de los molinos de maíz también quedó registrada en investigaciones sobre la actividad agroindustrial hondureña.

Un estudio académico de Zamorano, que recoge datos de 1997, señala que Tegucigalpa tenía aproximadamente 190 molinos artesanales, mientras San Pedro Sula contaba con unos 80.

Estos establecimientos ofrecían un servicio esencial para las familias que preparaban la masa a partir del grano cocido.

Con el tiempo, las harinas nixtamalizadas industrializadas y otras formas de producción facilitaron la elaboración de tortillas sin necesidad de acudir al molino tradicional.

El cambio también transformó el trabajo doméstico y muchas familias comenzaron a comprar tortillas preparadas, mientras otras sustituyeron la molienda artesanal por productos procesados.

Sin embargo, el molino no perdió completamente su lugar en la alimentación hondureña.

los molinos
Los viejos molinos de maíz transforman el nixtamal en masa para tortillas, una tradición que ha alimentado a generaciones de hondureños. Foto: rediseño con IA.

El molino de Lomitas del Este que mantiene viva la tradición

En la aldea Lomitas del Este, municipio de Olanchito, departamento de Yoro, todavía funciona uno de aquellos molinos que durante décadas acompañó la preparación de alimentos.

Su permanencia permite reconocer una tecnología que antes resultaba habitual en barrios, aldeas y comunidades del país.

El mecanismo conserva la función que hizo indispensables a estas máquinas: triturar el grano y convertirlo en masa para preparar alimentos tradicionales.

En otros sectores de Honduras también sobreviven negocios familiares dedicados a esta actividad.

El sonido de los molinos de maíz que Honduras no quiere olvidar

Para quienes crecieron escuchando aquellos motores, el recuerdo permanece unido a las tortillas recién salidas del comal.

También a las manos que prepararon el nixtamal, al fuego de leña y a las cocinas donde las familias compartían sus alimentos.

El Molino Rojo de La Leona y los antiguos molinos de El Calvario forman parte de esa memoria de varios departamentos en Honduras.

Mientras tanto, en Lomitas del Este, Yoro, la molienda tradicional continúa formando parte de la vida comunitaria.

Los años transformaron las cocinas, las máquinas y las costumbres, pero hay recuerdos que permanecen intactos.

Porque hubo un tiempo en Honduras en que el sonido de un motor no anunciaba una fábrica ni un vehículo.

Anunciaba algo mucho más cercano: que pronto habría tortillas calientes sobre la mesa.

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