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Captura y depuración policial

Juan Carlos Barahona

12 Feb. 2020

Imagen de Captura y depuración policial

La captura del comisionado general, Leonel Sauceda Guifarro, un oficial con un respetable perfil profesional, a quien se tenía –obviamente antes de su detención ayer en esta capital- como un uniformado recto, ha caído como una especie de balde de agua fría para distintos sectores de la hondureñidad, y más, razonablemente, para la institución policial.

Sauceda Guifarro, a quien ayer mismo se le dictó detención judicial temporal, venía siendo hasta perfilado incluso como el natural sucesor del actual director de la policía nacional, a partir de sus pergaminos y trayectoria moral y profesional manifestada hasta el día de ayer, cuando el ministerio público le ha endilgado una formal acusación por los delitos de lavado de activos.

La captura del alto oficial supone –claro está- un mazazo para la institución, pero también es cierto que se trata –al fin y al cabo- de un miembro del cuerpo policial, no de la estructura como tal.

Debemos decir esto porque y de repente ya estarán algunas voces tratando de hacer una “mescolanza”, una sola masa pues, poniendo en entredicho hasta los procesos que han ido caminando en paralelo con la reedificación institucional, como el mismo proceso de depuración de la Policía Nacional.

¿Debería asociarse la detención del oficial Sauceda con el fracaso del plan de adecentamiento de la Policía Nacional?

Nosotros decimos que no. Injustos seríamos más bien si vinculáramos la captura del alto oficial, que de todas formas sigue amparado en el respeto de sus derechos por la presunción de inocencia hasta tanto no sea vencido en juicio, con el proceso de depuración al que ha venido siendo sometido el estamento policial.

A partir de la casi expulsión de más de seis mil policías “pandos”, de la transformación administrativa, de la evolución operativa y logística, de la proximidad alcanzada a la comunidad que se trasluce en un 54 por ciento de percepción de confianza que hoy tiene la población hacia los uniformados, el proceso de certificación y depuración no ha sido un fracaso, como algunos todavía tratan de inducirle a ciertos sectores de la opinión pública nacional.

No se puede desconocer que esta Policía ya no es la misma que teníamos. Mezquinos son los que no quieren reconocer que la acción sistemática conducente a depurar, transformar y certificar a la entidad del orden público, ha avanzado, y aunque todavía esté –como decimos popularmente- en la mitad de río, hay que terminar de cruzarlo, que es lo mismo que decir: no volver al estado de descomposición en el que estaba la entidad creada para proteger y servir a los hondureños.


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