20 Jul. 2026
Fortalecer la planificación presupuestaria y ordenar los procesos de adquisición, es una medida concreta para reducir desperdicios.

Las compras directas o los procesos de emergencia en las adquisiciones y contrataciones públicas son un fenómeno recurrente a lo largo del tiempo. De forma continua, se nos presentan casos en los que el tiempo no resulta suficiente para llevar a cabo un proceso competitivo completo y, como consecuencia, se recurre a estas modalidades excepcionales. La explicación suele ser la misma: ya no existe margen para una licitación abierta y, por tanto, no queda más alternativa que acudir a un mecanismo de emergencia.
Sin embargo, esta justificación, repetida casi de manera automática, merece un análisis más riguroso. En muchos casos, la urgencia no responde a un evento imprevisible o extraordinario, sino a una deficiente planificación institucional, a retrasos administrativos acumulados o a la ausencia de decisiones oportunas. La emergencia, entonces, no es tal, sino el resultado de fallas previsibles que terminan trasladando el costo —económico y de confianza— al Estado y a la ciudadanía.
Las contrataciones de emergencia están concebidas, por definición, como una excepción. Su razón de ser es permitir una respuesta rápida frente a situaciones que no admiten demora: desastres naturales, crisis sanitarias, interrupciones graves de servicios esenciales. Cuando esta excepción se convierte en práctica habitual, se desvirtúa el sistema de compras públicas y se erosiona uno de sus principios fundamentales: la competencia.
Evitar procesos competitivos implica renunciar a la comparación objetiva de precios, calidad y condiciones, reduciendo los incentivos para obtener mejores resultados para el interés público. Además, incrementa los riesgos de discrecionalidad, opacidad y, en el peor de los casos, de corrupción. No se trata únicamente de cumplir con la ley, sino de proteger la eficiencia del gasto público y la legitimidad de las instituciones.
Uno de los principales problemas es la falta de previsión frente a situaciones que, por su propia naturaleza, son previsibles. El deterioro de la infraestructura pública es un ejemplo evidente. Las carreteras se desgastan de forma gradual y ese desgaste es medible a lo largo del tiempo; por ello, la inversión en mantenimiento preventivo no solo es técnicamente viable, sino que resulta significativamente más económica que intervenir de manera reactiva mediante acciones de emergencia.
Lo mismo ocurre con la adquisición de insumos esenciales del sector público, como medicamentos, materiales de seguridad u otros bienes de uso recurrente. Estas necesidades no surgen de forma inesperada, sino que responden a patrones de consumo conocidos y, por tanto, pueden y deben incorporarse en una adecuada planificación presupuestaria y operativa.
En estos casos, la supuesta emergencia no obedece a un evento súbito o extraordinario, sino a problemas que no fueron atendidos en el momento oportuno. El resultado es una intervención tardía, a un costo mayor y, con frecuencia, de mayor magnitud que aquel que habría implicado una acción planificada y oportuna. De este modo, la excepción vuelve a imponerse sobre la regla, con consecuencias directas sobre la eficiencia del gasto público y la calidad de la gestión estatal.
Existen también desafíos de carácter presupuestario y normativo que deben ser atendidos. Determinados tipos de bienes y obras están sujetos a ciclos operativos específicos que no siempre coinciden con el calendario presupuestario. Un ejemplo claro es el mantenimiento y la reparación de carreteras, donde la mayor parte de los trabajos debe ejecutarse entre los meses de enero y abril. En estos casos, iniciar un proceso de licitación en enero del mismo año resulta inviable, por lo que dicho proceso debería llevarse a cabo durante el ejercicio presupuestario anterior.
El problema es que, bajo esquemas presupuestarios rígidos, en ese momento aún no se dispone formalmente de los fondos correspondientes al año siguiente. Esta limitación, si no se aborda adecuadamente, termina empujando a las instituciones a recurrir a contrataciones de emergencia para ejecutar obras que eran perfectamente previsibles.
Esta situación puede resolverse mediante mecanismos de planificación presupuestaria plurianual, precisamente para los cuales estos instrumentos fueron concebidos. La aprobación de autorizaciones plurianuales permitiría otorgar al Poder Ejecutivo el permiso necesario para iniciar procesos licitatorios durante el periodo previo, comprometiendo recursos que deberán ser incorporados en el presupuesto del ejercicio fiscal en el que se ejecutará la obra. De esta manera, se alinean la planificación técnica, el ciclo presupuestario y los principios de transparencia y competencia en la contratación pública.
Combatir este problema requiere planificación y orden, pero también la adopción de medidas adicionales que permitan anticipar y gestionar adecuadamente las necesidades del Estado. Este desafío no es exclusivo del sector público. Con frecuencia, las empresas privadas se ven obligadas a recurrir a procedimientos extraordinarios de adquisición y, de igual forma, las personas en su vida cotidiana realizan compras bajo presión de tiempo, asumiendo costos más elevados como consecuencia de una mala previsión.
En todos los casos, el patrón es el mismo: la falta de planificación termina traduciéndose en un mayor gasto y en decisiones menos eficientes. En el ámbito público, sin embargo, este impacto se amplifica, pues involucra recursos que pertenecen a toda la ciudadanía.
Por ello, fortalecer la planificación presupuestaria y ordenar los procesos de adquisición no es solo una cuestión administrativa, sino una medida concreta para reducir desperdicios, mejorar el uso de los recursos públicos y limitar la recurrencia de contrataciones de emergencia que debilitan la transparencia y la competencia. Evitar la urgencia evitable es, en última instancia, una responsabilidad de buena gestión y de respeto al interés público.
Fortalecer la planificación presupuestaria y ordenar los procesos de adquisición, es una medida concreta para reducir desperdicios.
A casi 70 años de relaciones diplomáticas con Taiwán, Paraguay es un ejemplo para Honduras, demuestra que el éxito depende de la visión de quien gobierna.
El Proyecto Erandique fortalecerá la cultura y la educación en Honduras con más libros, bibliotecas escolares y espacios culturales en 2026.
Recibe las mejores historias directamente a tu correo
¡Suscríbete YA!