13 Mar. 2026
Bryce Echenique no solo fue uno de los mayores novelistas en lengua hispana: también fue un hombre en busca de humor. Esta semana se anunció su muerte.

Amar es compartir —dicen—. Quizá por esa razón, al morir Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique se quedó con su novia. En cualquier otro caso, por supuesto, un acto como ese habría sido una bajeza, pero no para ambos escritores peruanos que lo habían pactado en vida.
Lo cuenta, entre risas, el propio Bryce, a propósito de los tres tomos que conforman sus Antimemorias, una serie de ensayos novelados donde el autor peruano repasa su vida, su obra, sus relaciones intelectuales y personales, y donde, desde luego, recuerda las muchas emociones que encontró en el humor; un elemento que procuró en su obra y que encontró en Ribeyro, y no, para medir con vara, en Mario Vargas Llosa, a quien veía como un escritor mucho más serio.
Porque Echenique fue, además de uno de los mayores novelistas de la segunda mitad del siglo XX y del Boom, una especie de antagonista de Llosa quien, dicho sea de paso, escribió novelas divertidísimas como Pantaleón y las visitadoras, La Casa verde o Travesuras de la niña mala.
Solo que, a diferencia de Vargas Llosa, Bryce fue un autor de culto, como otros grandes autores latinoamericanos no tan reconocidos por el público como José María Arguedas, José Donoso, Manuel Puig o Rubem Fonseca: autores, todos, de una obra intemporal e inmensa.
Cuando en 1970 Bryce publicó su clásico Un mundo para Julius, ningún autor había explorado las miserias y contradicciones del Perú a través de los conflictos de la alta sociedad peruana que, todavía en pleno siglo XX, conservaba élites tan antiguas como aquellas del Perú colonial.
Lo hizo, eso sí, con una novela inteligente, documentada, humorística y tierna protagonizada por Julius, un niño pituco que vive en una familia acomodada en la Lima de la década de 1950.
A través de su infantil mirada, Bryce va revelando el entramado de la historia que, a su vez, nos va mostrando un mundo de desigualdades y abusos de una clase sobre otra, así como una vida de hipocresía y prejuicios.
Pero Bryce, que también fue autor de otros libros memorables como La vida exagerada de Martín Romaña, Huerto Cerrado o No me esperen en abril, así como de innúmeros artículos de prensa y ensayos, decidió escribir él mismo sus Antimemorias, cuyo primer volumen se publicó en 1993, y cuya última entrega, Permiso para retirarme, nos llegó hace apenas unos años.
Y esta semana, la segunda de marzo de 2026, Bryce, el bromista que escribía novelas extraordinarias, por fin se concedió el permiso y se retiró de la literatura y el mundo de la misma forma en que vivió: tomándose menos en serio la vida.
La escritura de Sergio Pitol es un ejemplo de cómo el conocimiento, la creatividad y la imaginación se juntan en la gran literatura.
El Día Internacional del Arte no es motivo de fiesta para los creadores hondureños: es una jornada de reflexión y, por qué no, de tristeza.
Martha Argerich no es solo una de las representantes más brillantes de la música académica del siglo XX: también es musa.
Recibe las mejores historias directamente a tu correo
¡Suscríbete YA!