1 Jul. 2023
Desde el inicio del actual gobierno, el pueblo y los agentes económicos nos sumimos en un mar de expectativas, esperanzados por un nuevo rumbo y una perspectiva más favorable para el país. Sin embargo, dieciocho (18) meses después, esas expectativas de cambio se han ido tornando en descontento.

Lejos de mejorar, nuestra realidad parece empeorar, las soluciones son escasas o peor aún, parecen desaparecer de la agenda pública. Esto nos obliga a cuestionarnos: ¿hacia dónde nos estamos dirigiendo?
El camino, que comenzó de manera turbulenta, enfrentando una crisis económica marcada por la inflación y el estancamiento económico, impulsados por factores externos como el conflicto ruso-ucraniano y problemas en la cadena logística internacional, se mezcló con desaciertos como la tardía aprobación del presupuesto general de la República, las consecuencias devastadoras del cambio climático que han mermado nuestra generación eléctrica, causando pérdidas económicas para las empresas y los hogares, y una ola de violencia e inseguridad que no parece ceder, alimentando, con ello, una percepción de incapacidad gubernamental para resolver los problemas del país.
Las crisis vividas en estos 14 años, lejos de funcionar como lecciones para mejorar nuestras respuestas ante los desafíos futuros, han servido como excusas para crear enemigos imaginarios, polarizar la sociedad y acentuar un discurso político que solo resuena en un selecto grupo de seguidores del gobierno, cobrando una factura considerablemente alta para la sociedad hondureña.
La agenda económica capaz de impulsar sectores claves y generar más y mejores empleos en el país parece inexistente. Nosotros, los jóvenes, parecemos ser una nota al píe en las políticas públicas, a pesar de que representamos un tercio de la población total. Es alarmante que el 33% de los jóvenes entre 12 y 29 años ni trabajan ni estudian, es decir, más de un millón de jóvenes, de los cuales 780 mil son mujeres que no existen ni siquiera en el discurso público.
Es necesario trazar un rumbo claro para cambiar el actual panorama desfavorable. Convertir las expectativas de cambio en el combustible que impulse un mejor país, una economía más sólida y estable, y una sociedad más empática; pero esto no se conseguirá con discursos divisivos ni con una visión monolítica del país, sino con tolerancia, diálogo y justicia.
Pese a las oportunidades perdidas, aún disponemos de tiempo para cambiar nuestra realidad y convertirnos en la República democrática y próspera que anhelamos. Este es el llamado a la acción: Es hora de exigir más a nuestros representantes políticos, de buscar un gobierno que priorice a las personas sobre la política y que promueva un cambio real y duradero.
La calidad de vida ya no depende solo del tamaño o calidad de la vivienda, sino, cada vez más, de su ubicación.
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