9 Jun. 2025
El discurso de odio busca también acrecentar los miedos: al Estado, a las instituciones, a funcionarios y a otros ciudadanos.

Su principal objetivo es polarizar y dividir a la sociedad, desacreditar y estigmatizar a los oponentes políticos, fomentar la violencia y crear estereotipos para reforzar creencias extremistas. El discurso de odio busca también acrecentar los miedos: al Estado, a las instituciones, a funcionarios y a otros ciudadanos.
Al aproximarse las elecciones generales del 30 de noviembre para elegir un nuevo relevo en Casa Presidencial o dar continuidad al oficialismo, es oportuno hacer un alto y llamar a la reflexión para que Honduras no siga siendo víctima de los discursos de odio ni de la polarización política que termina generando violencia que puede ser verbal o física. Colombia es el ejemplo más reciente.
El atentado al senador Miguel Uribe Turbay es algo que no debió ocurrir y que no debe suceder en ningún país del mundo. La política debe ser el arte de lo posible y no el arte del exterminio.
Los partidos políticos, sus liderazgos y el Consejo Nacional Electoral deben liderar una propuesta en donde la violencia debe ser expulsada de la política y no usarla como insumo de campaña.
Con ella debe desaparecer el discurso de odio que inunda últimamente las redes sociales y los espacios públicos en donde muchos aspirantes políticos dejan entrever su escasa práctica de civismo y cultura democrática. El insulto sustituye el pensamiento, la descalificación anula el debate y la polarización atrapa las propuestas sobre cómo abordar los urgentes problemas del país.
Un reciente estudio de Cultura Cívica y Convivencia en Honduras revela que esta virulencia que ha caracterizado con altibajos a Honduras en sus más de cuatro décadas desde el retorno formal a la democracia, ha logrado que el miedo cumpla su función de inhibir, intimidar y hasta aterrorizar a los hondureños.
Los hondureños tienen miedo al Estado porque no se sienten protegidos, miedo a las Instituciones porque no resuelven sus quejas o denuncias; miedo a los funcionarios porque estigmatizan, discriminan, son indolentes, y tienen miedo también a otros ciudadanos por falta de confianza y porque si los denuncian, viene la venganza.
Estos miedos solo abonan al discurso de odio y la violencia en la política que se caracteriza por la manipulación y control de la opinión pública creando miedo e inseguridad para legitimar políticas o acciones extremas. Busca también deslegitimar a la oposición al atacar a sus oponentes o los grupos minoritarios para deslegitimar sus ideas y acciones, a fin de evitar la construcción de consensos y el diálogo.
El discurso de odio se propone incrementar la polarización social, promueve la violencia para crear un clima de hostilidad hacia los actores que consideran sus oponentes o no son afines a sus ideas.
El discurso de odio puede ser utilizado para legitimar agendas políticas extremistas como división de clases, populismo o la xenofobia. Construye en su imaginario colectivo los actores a quienes culpa por todo y acompaña sus narrativas con campañas de desinformación y negación. Abunda la información falsa y la distorsión de los hechos. Y eso se debe evitar.
El Día Internacional del Arte no es motivo de fiesta para los creadores hondureños: es una jornada de reflexión y, por qué no, de tristeza.
Sólo esa legitimidad en las actuaciones gubernamentales de los Estados aliados posibilitará la transformación e innovación, nacional y regional, de los Estados Democráticos
A aproximadamente 100 días del gobierno del presidente Asfura, Honduras sigue esperando coherencia en la Política Exterior.
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