21 Dec. 2025
Nos robaron la Navidad y quieren también terminar de asaltar el país.

Para estas fechas navideñas la tradición gira alrededor de las posadas, los nacimientos, la gastronomía propia de la temporada y los recuerdos de antaño, entre ellos el robo del Niño Dios para devolverlo después como parte del rito de las fiestas de la Navidad o Año Nuevo.
Todo eso nos hace recordar la época, sin imaginarnos que la clase política nos robaría este año la Navidad, en un afán por querer torcer el voto popular que en los comicios del 30 de noviembre habló claro: una transición en el poder, sin continuismo de ningún modo.
Pero los políticos no quieren escuchar al pueblo, se abrogan de que tanto se afanan; no quieren seguir las reglas establecidas en las leyes, quieren imponerse en una nación deteriorada en sus institucionalidad porque esa fue la apuesta a lo largo de las últimas dos décadas: tener instituciones débiles, politizadas y cooptadas para llegar al escenario que hoy nos enfrentamos. Nos roban la Navidad y parece que también nos quieren robar las elecciones.
La crisis postelectoral nos ha mantenido en zozobra, un día avances alentadores, otro retrocesos dramáticos, donde nadie y todos son culpables, mientras la población mira frustrada y desencantada cómo les están arrebatando el ejercicio del sufragio y el anhelo por intentar reconstruir una Honduras deteriorada desde hace un buen tiempo.
La agonía democrática está tocando fondo, y al margen de lo que pueda suceder, el país no quedará más fraccionado, sino que en un estado de coma que puede conducirnos a escenarios peligrosos e insospechados.
En los comercios las ventas están estancadas, las personas cohibidas, no saben qué pasará el próximo martes, o si el nacatamal ni la tortilla se pueden comer a gusto. Mucha zozobra y mucha intranquilidad.
En estas elecciones tan reñidas, tan competitivas e inciertas, hasta los observadores internacionales se encuentran desconcertados, pero con un compromiso por estar vigilantes de que no sean los políticos ni los líderes que están en el ruedo.
Ellos están registrando todo y tratando de salvaguardar con su presencia un proceso que todos quieren manchar, un proceso que ha estado lejos de ser perfecto, pero que tiene el peso más valioso que no pueden arrebatar: la contundencia de la gente en el voto. Y ese voto el que decide el mundo pide respeto.
En este robo navideño que nos hacen los políticos ha quedado claro que la ambición por el poder puede más que el amor que algunos profesan a un País, que los perdedores juegan a que el ganador no llegue porque no tienen más que perder, que los vientos del norte con sus estruendos mueven el árbol, sin que aun resuene el estruendo.
Todo parece un laboratorio de apuestas. En las redes sociales los insultos entre los políticos están al doquier, al igual que las insolencias, la soberbia y los egosísmos. Con algunas excepciones, la mayoría de los liderazgos políticos han sacado el cobre del cual están hechos: mediocridad, miopía, soberbia e irrespeto al elector. Nos robaron la Navidad y quieren también terminar de asaltar el país.
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