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Invertir en Honduras o extraer de Honduras

José Azcona

11 Sep. 2026

Los países que han logrado transformar sus recursos naturales en prosperidad no lo hicieron cerrándose al mundo ni entregándose pasivamente a él, sino estableciendo reglas claras que alinearan el interés privado con el interés nacional.

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Nuestras teorías de manejo de la economía, cuando han existido, han oscilado entre dos posiciones contrapuestas bastante simplistas. La primera ha sido abrir la puerta, en las condiciones más favorables posibles, a cualquier tipo de actor externo que quiera traer recursos al país bajo sus propias condiciones. La historia nos demuestra que esto ha incluido explotaciones mineras, bananeras y otras que lograron enraizarse por lo menos parcialmente en el país, pero también muchas otras de carácter marcadamente extractivista y de muy corto plazo, como algunas explotaciones madereras y similares.

 Esta posición es contrapuesta a otra que mira con suspicacia la inversión o los recursos que vienen de fuera, asumiendo que inevitablemente llegan con el fin de dañar o afectar al país. La verdad es que ambas posiciones, como cualquier modelo simplificado, resultan insuficientes y requieren ser matizadas. Más importante aún, deben ser analizadas desde la óptica de nuestra propia conveniencia nacional.

 Lo que a nosotros nos interesa de la relación entre Honduras y las inversiones externas es maximizar el crecimiento de la riqueza, de la producción y del bienestar de nuestros habitantes. Naturalmente, el objetivo de los inversionistas suele ser maximizar su utilidad y su retorno. Solo cuando ambos objetivos logran encontrarse en un punto razonable de equilibrio es que el proceso de inversión funciona de manera beneficiosa para ambas partes.

 Podemos observar ejemplos extremos de estas dinámicas en el mundo. Tras la independencia, múltiples países africanos quedaron bajo esquemas de carácter neocolonial donde sus recursos minerales quedaban prácticamente a disposición de las antiguas potencias coloniales por montos exiguos o, en ocasiones, mediante simples sobornos a funcionarios. Estos recursos eran extraídos con mínima participación de mano de obra local, utilizando principalmente personal extranjero que llegaba temporalmente al país, explotaba el recurso y luego lo transportaba hacia el exterior.

 Cualquier inversión en infraestructura que se realizaba tenía un único propósito: facilitar la extracción y exportación del recurso. Una vez que el mismo se agotaba, la operación desaparecía junto con cualquier actividad económica asociada. Este tipo de explotación no dejaba capacidades técnicas en el país, infraestructura utilizable para otros fines, ni una base tributaria que pudiera convertirse en inversión futura.

 Esto representa una economía de enclave en su máxima expresión, un modelo que deja retornos prácticamente nulos para el país anfitrión. Su existencia nos demuestra que no toda inversión es automáticamente beneficiosa para el interés nacional. Para que lo sea, debe contribuir a resolver precisamente las carencias que aquí se describen: generación de capacidades locales, desarrollo de infraestructura útil, transferencia de conocimiento y una contribución fiscal que permita construir prosperidad futura.

 Existen también ejemplos de países que lograron evitar este tipo de economías de enclave y utilizar sus recursos naturales como base para construir prosperidad de largo plazo. Uno de los casos más conocidos es Noruega. Cuando se descubrieron grandes reservas de petróleo en el mar del Norte en la década de 1960, el país estableció desde el inicio reglas claras para la explotación del recurso.

El Estado mantuvo una participación significativa en la industria, exigió transferencia de tecnología y desarrollo de proveedores locales, y creó un fondo soberano donde se invierte buena parte de las rentas petroleras para beneficio de generaciones futuras. De esta manera, el petróleo no solo generó ingresos fiscales, sino que ayudó a construir capacidades técnicas, fortalecer instituciones y desarrollar sectores económicos asociados.

 Otro ejemplo interesante es Chile, particularmente en su manejo de la minería del cobre. A pesar de permitir una importante participación de empresas privadas internacionales, el país mantuvo un marco institucional fuerte, con una empresa estatal relevante como Codelco y un sistema fiscal que asegura que una parte sustancial de las rentas mineras se traduzcan en ingresos para el Estado. Además, Chile ha invertido de forma consistente en infraestructura, formación técnica y estabilidad institucional, lo cual ha permitido que la minería funcione como un motor de crecimiento para el resto de la economía y no únicamente como una actividad extractiva aislada.

 Un caso menos conocido, pero igualmente ilustrativo es Botsuana, país africano que logró evitar muchos de los patrones extractivos que afectaron a otros países del continente. Tras el descubrimiento de importantes yacimientos de diamantes, el gobierno negoció acuerdos con empresas internacionales que garantizaban una participación significativa del Estado, transparencia en los ingresos y reinversión en infraestructura, educación y salud. Como resultado, los recursos minerales se convirtieron en una base para el desarrollo institucional y económico del país, en lugar de transformarse en una simple fuente de extracción de riqueza hacia el exterior.

 Estos ejemplos muestran que la diferencia entre una economía extractiva y una economía que utiliza sus recursos para desarrollarse no está en la existencia o no de inversión extranjera, sino en las reglas bajo las cuales esa inversión opera y en la capacidad del Estado para alinear los incentivos del inversionista con los intereses de la sociedad.

 En el caso de Honduras, esto tiene implicaciones directas para el debate sobre la posible reactivación de sectores como la minería u otras formas de aprovechamiento de recursos naturales. La discusión no debería centrarse únicamente en si se permite o no la inversión en estos sectores, sino en qué condiciones se realiza. Para que este tipo de actividades contribuyan al desarrollo nacional, es necesario que exista un marco claro que asegure participación fiscal adecuada, desarrollo de proveedores y empleo local, inversión en infraestructura útil para el país, cumplimiento de estándares ambientales razonables y, en lo posible, transferencia de capacidades técnicas hacia trabajadores y empresas hondureñas.

 Al mismo tiempo, estos principios no son exclusivos de las industrias extractivas. Son igualmente válidos para la inversión manufacturera, tecnológica o de servicios. En todos los casos, el objetivo debe ser el mismo: que la inversión externa no funcione únicamente como un mecanismo de obtención de utilidades para quien invierte, sino también como un vehículo para ampliar la capacidad productiva del país, elevar el nivel tecnológico de la economía y generar bienestar duradero para la población.

 En última instancia, el verdadero debate no debería ser entre aceptar o rechazar la inversión extranjera, sino entre permitir esquemas de simple extracción o construir esquemas de desarrollo. Los países que han logrado transformar sus recursos naturales en prosperidad no lo hicieron cerrándose al mundo ni entregándose pasivamente a él, sino estableciendo reglas claras que alinearan el interés privado con el interés nacional.

Honduras enfrenta hoy el mismo desafío. Si logramos diseñar instituciones y políticas que conviertan cada inversión en una oportunidad para fortalecer nuestras capacidades productivas, formar talento, desarrollar infraestructura y ampliar la base de nuestra riqueza, entonces la inversión externa puede convertirse en un aliado poderoso del desarrollo nacional y no en una simple transferencia de recursos hacia el exterior.


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