10 Sep. 2026
Las infancias hondureñas son víctimas de la indefensión que provoca una sociedad enferma y violenta.

Tengo una imagen clavada en la memoria. Es una imagen que hiere: allí, en algún sitio de Choloma, Cortés, una bebé está sentada sobre el suelo. Todavía usa pañales. Está sola, llora desconsolada y, entre balbuceos y palabras, llama a su madre, mientras, frente a ella, yace su padre asesinado.
Pero es, para sorpresa de nadie, el día a día de la niñez es un país que, pese a todas las garantías constitucionales y disposiciones de la legislación nacional —leyes sin alma, diría Kafka— sufre todos los horrores de un país al que el poeta Roberto Sosa denominó como elegido de la violencia.
No estoy, por supuesto, contra la alegría de celebrar la vida y la alegría que nos brinda la niñez, sobre todo quienes tenemos la fortuna y la responsabilidad de ser padres. Estoy, no obstante, contra el hecho de creer que una festividad de un día borra la crueldad que enfrenta la niñez hondureña desde la sociedad y el Estado.
Las tímidas festividades por el Día del Niño en 2026 llegan con más de un millón de niños fuera del sistema educativo, con cientos de miles de niños y niñas explotados a través del inaudito concepto de trabajo infantil; con miles de huérfanos, abandonados y humillados; con miles de desplazados y migrantes y, ¡por Dios!, con miles y miles de menores abusados física, psicológica y sexualmente.
Por qué, entonces, nadie hace nada para cuidar a la niñez, por qué a nadie parece importarle lo que ocurre, por qué, pese a tantas denuncias, los gobiernos, cuerpos de seguridad, organizaciones civiles y élite política de Honduras cierran los ojos antes ese panorama miserable.
No tengo la respuesta, pero sí sé quiénes deberían tenerla: la familia y el Estado.
Sé, sin embargo, que como líder de la redacción de la corporación Televicentro y Emisoras Unidas, me enfrento cada día al doloroso panorama diario de tener que publicar noticias horrorosas, insufribles e imperdonables de lo que sufren cada día nuestros niños y niñas, a vista y silencio de un país que, al parecer, los odia.
En el instante en que escribo esta columna (en pleno Día del Niño), edito estas noticias en el portal de tunota.com: Hombre embarazó a su hijastra tras años de abusos en Intibucá y Captan cuando mujer deja abandonado a niño de un año en la calle.
¿Cómo puede una persona de bien y con dedos de frente no dolerse ante un panorama como ese? No logro comprenderlo, y no quiero hacerlo.
Hace solo unos meses, por ejemplo, harto de ese tipo de noticias, quise conversar con dos parlamentarios del Congreso Nacional de Honduras para que hicieran algo al respecto y presentaran ante el Legislativo un proyecto de ley que blindara a la niñez hondureña y estableciera castigos a la altura del dolor que causan los infanticidas, abusadores y explotadores infantiles. Y lo hice, pero no sucedió nada.
Más tarde, en agosto de este año, la diputada Alejandra Vallecillo anunció que el Congreso trabaja en la creación de la Ley para la Prevención del Abuso Sexual Infantil, una iniciativa que, esperemos, se concrete y funcione. Es mi mayor deseo y la absoluta responsabilidad de este gobierno y de cualquier otro.
El próximo año, por estos días, cumpliré dos décadas escribiendo en prensa de aquí y de allá y he visto de todo, pero la imagen de esa bebé sentada y llorando sola frente al cuerpo sin vida de su padre me ha causado una impresión inolvidable y dolorosa.
Por ello, por todo lo dicho y al menos para mí, la celebración del Día del Niño Hondureño de 2026 es una festividad grisácea y, por qué no, triste.
Las infancias hondureñas son víctimas de la indefensión que provoca una sociedad enferma y violenta.
Una alternativa legal puede salvar vidas: las leyes de entrega segura protegen a recién nacidos y ofrecen una salida a madres en situaciones extremas.
Ha llegado el momento de comenzar a actuar en dirección a la seguridad humana y al fomento e impulso constante del desarrollo sostenible e inclusivo.
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