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Un futuro para La Ceiba

José Azcona

4 Jun. 2026

La Ceiba pasó de ser un polo autónomo y estratégico a perder influencia, pero conserva potencial urbano, turístico y logístico para el futuro.

Imagen de Un futuro para La Ceiba

Honduras no fue una economía verdaderamente integrada sino hasta la década de 1950, cuando comenzó el proceso sostenido de integración terrestre del país. Este proceso culminó en 1973 con la finalización de la carretera del litoral atlántico. Antes de ese momento, los principales polos de desarrollo del país operaban de forma relativamente independiente, con vínculos débiles entre sí y orientaciones económicas diferenciadas.

En el caso de Tegucigalpa, su condición de capital política y su acceso temprano a la zona sur desde inicios del siglo XX le permitieron consolidar su posición como centro administrativo y de poder. El Valle de Sula, por su parte, ya se encontraba integrado internamente y, con la apertura del paso carretero sobre el río Ulúa en 1963, se completó la integración del sector oriental del país. A partir de ese momento, el polo del litoral este —incluyendo la zona de Tela— comenzó a gravitar con mayor fuerza hacia San Pedro Sula y Puerto Cortés, consolidando así un eje económico dominante en el norte-occidente del país.

El polo de La Ceiba siguió una trayectoria distinta. Aunque de menor tamaño relativo, mantuvo por más tiempo una condición de autonomía funcional, incluso después de concluida la carretera del litoral atlántico. Esta autonomía se explicaba por su capacidad portuaria propia y por su relación directa con territorios como las Islas de la Bahía, Colón y Gracias a Dios. Durante décadas, La Ceiba conservó características de un punto de entrada al país conectado directamente con el exterior, sin una dependencia estructural de Tegucigalpa o San Pedro Sula.

Esta condición se reflejaba claramente en la vida económica y comercial de la ciudad. Hasta los años setenta e incluso inicios de los ochenta, La Ceiba ofrecía acceso a bienes y productos que no se encontraban en otras partes del país. El supermercado Capellades, por ejemplo, era considerado el mejor del país tanto por su tamaño como por su surtido. Estas condiciones, sin embargo, respondían a un contexto muy específico: el de un enclave bananero sobredesarrollado y de una capital regional con comunicación terrestre limitada con el resto de Honduras.

Durante la década de 1970 se intentó redefinir el papel de La Ceiba dentro de una economía nacional cada vez más integrada. Uno de los instrumentos clave de esta estrategia fue el aeropuerto Golosón. Concebido a finales de los años sesenta, el aeropuerto cumplía una doble función. Por un lado, respondía a una necesidad real de transporte aéreo en un momento en que la conectividad terrestre aún era insuficiente. Por otro, cumplía una función estratégica de defensa nacional.

Con la llegada de la era de los aviones a reacción a inicios de los años setenta —capaces de cubrir todo el territorio nacional desde un solo punto— Golosón se convirtió en un lugar ideal para albergar la base principal de la Fuerza Aérea Hondureña, al encontrarse relativamente alejado de posibles zonas de conflicto fronterizo. Quienes conocieron el aeropuerto en los años setenta y ochenta recuerdan la presencia de una gran cantidad de aeronaves de combate, incluyendo Super Mystère, Sabre y otros aviones a reacción. En su momento de mayor capacidad, Golosón albergó hasta treinta aviones distribuidos en varios escuadrones, constituyéndose en la base aérea de mayor potencia militar del país.

Sin embargo, a partir de los años noventa y durante los dos mil, la economía hondureña experimentó un deterioro importante en el sector agroexportador, al mismo tiempo que emergían nuevos polos de desarrollo que ya no dependían de La Ceiba. El caso más evidente fue el de Roatán, que comenzó a desarrollarse de manera relativamente independiente, con conexiones aéreas internacionales directas y con capacidades logísticas que permitían el transbordo de carga desde Puerto Cortés sin necesidad de pasar por La Ceiba. Este proceso fue debilitando el rol de la ciudad como capital regional, justo cuando el crecimiento de las Islas de la Bahía empezaba a acelerarse.

A esto se sumaron factores geográficos y de seguridad que impactaron negativamente el desarrollo urbano. La Ceiba se convirtió, por su ubicación, en un punto de embudo para el tránsito de estupefacientes provenientes de la zona oriental del país, lo que contaminó el entorno económico y social de la ciudad y desincentivó inversión y desarrollo formal.

Ante este contexto histórico, resulta imprescindible replantear el rol que le corresponde a La Ceiba en una economía hondureña del siglo XXI. Para ello, es fundamental partir de sus ventajas comparativas reales. En primer lugar, La Ceiba cuenta con una base urbana sólida: escuelas, universidades, hospitales, oficinas profesionales y una cultura urbana con décadas de maduración. A diferencia de otras ciudades que crecieron como satélites o enclaves dependientes, La Ceiba conserva capacidades propias únicas en el país.

En segundo lugar, dispone de una infraestructura aeroportuaria de gran potencial. Aunque el aeropuerto Golosón se encuentra deteriorado, sus capacidades físicas, su ubicación y su historia lo convierten en un activo estratégico subutilizado. En tercer lugar, la ciudad posee una planificación urbana central relativamente ordenada, con un trazado en cuadrícula que facilita el desarrollo urbano estructurado, a pesar de los crecimientos irregulares en su periferia.

Finalmente, La Ceiba mantiene su vocación de capital regional para Atlántida, Colón, las Islas de la Bahía, parte oriental de Yoro y Gracias a Dios, además de contar con importantes atractivos turísticos en su entorno inmediato. Estas condiciones permiten pensar su futuro no solo como centro logístico, sino como un nodo urbano integral con funciones económicas, sociales y estratégicas.

Tomando en cuenta su historia, sus activos y sus limitaciones, corresponde ahora definir con claridad una estrategia de desarrollo futuro para La Ceiba, una estrategia que aproveche su enorme potencial y le asigne un rol coherente dentro de la Honduras del siglo XXI.


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