20 Mar. 2026
El genio creativo de Guillermo del Toro ha construido un guion extraordinario que combina admiración por el personaje de Shelley con la búsqueda de renovación narrativa

«El espectador ve en el cuadro cosas que el pintor nunca puso», dijo Picasso. Ahí está la maravilla del arte: en las múltiples posibilidades de una historia en la imaginación de quien la crea y quien la recibe.
Por esa razón de simpatía, supongo, creí que el Frankenstein de Guillermo del Toro ganaría el Óscar en la categoría de Mejor Guion Adaptado, pero no fue así.
Mi ilusión partía de una idea hasta ahora sólida: crear no es reproducir, sino reimaginar, porque el arte no tiene compromisos con la realidad: es una realidad en sí misma.
Por tanto, adaptar una obra literaria para cine —dijo el propio del Toro— «es como casarse con una viuda: respetas la memoria del difunto, pero sigues con tu vida y con su esposa». Es decir que, para adaptar una obra ajena, es necesario respetar la esencia de su autor, pero también imprimirle una creatividad propia.
Consciente de ello, del Toro preserva el corazón de la historia que inventó Mary Shelley —sobre la idea de Esquilo— a comienzos del siglo XIX en Frankenstein o el prometo moderno, pero rompe con la visión tradicional del relato y propone la reinvención de la criatura.
El cineasta conserva la estructura epistolar y testimonial de la novela de Shelley, pero el personaje, inicialmente presentado como un monstruo culto, elocuente y sensible, adquiere unos matices de contemporaneidad representados en su nueva búsqueda: el amor romántico.
La criatura, que aprendió a leer y que, por la crueldad del mundo ha pasado de la nobleza a la violencia, ahora busca la felicidad y la reproducción carnal, acercándose cada vez más al comportamiento y la emotividad humana.
El amor, más que el propio deseo humano de crear vida, es la idea de fondo que del Toro ofrece como nuevo hilo conductor de una historia cuyo conflicto principal gira alrededor del deseo de venganza de la criatura contra su creador, Víctor Frankenstein.
Ese elemento amoroso, creo, le otorga a la versión de del Toro una secuencia disfrutable y querible que huye de versiones anteriores de la historia que destacaban elementos de oscuridad y crueldad propios del Romanticismo de la época de Shelley. Ese giro sustancial, en sí mismo, nos ayuda a imaginar una criatura más cercana y, por qué no, distinta.
Además, resulta particularmente notable la nueva apariencia del monstruo que interpreta Jaco Elordi; una imagen que se aleja de la establecida por las producciones cinematográficas previas realizadas por Hollywood.
Por si fuera poco, el monstruo también tiene una nueva preocupación: la búsqueda de su identidad y la naturaleza de su ser.
Así que, cuando el domingo pasado la Academia le otorgó el premio de Mejor Guion Adaptado a One Battle After Another, pensé —sin ser yo más que un neófito del cine— que era un premio políticamente correcto más acorde con la situación social que viven los Estados Unidos que a lo puramente artístico.
Porque el Frankenstein de Guillermo del Toro no es solo brillantez escénica, fotográfica, estética o actoral. Es, además, una renovación narrativa del clásico de Mary Shelley, así como una revitalización contemporánea de su entrañable criatura.
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