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Historias de migrantes

¡Sus historias parten el alma!


En los aeropuertos del país y fuera de él, abundan las historias de nuestros migrantes, en su mayoría las mujeres. Escuchar sus sueños y el dolor de dejar la tierra y a los suyos, cala en lo más profundo.

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Eso me pasó recientemente con dos compatriotas, un adulto mayor, y una joven madre, que tenían su mirada puesta en la madre patria, particularmente en la ciudad de Barcelona, una de las principales receptoras de migrantes hondureños. Ambos eran oriundos de la violenta región de Colón, en el atlántico hondureño.

Cansados por el viaje y el maltrato sufrido en las aerolíneas, que en su mayoría abusan, humillan y atropellan a nuestros compatriotas, aprovechándose de su desconocimiento, los dos compatriotas, mientras cargábamos los teléfonos móviles en una de las salas de espera del aeropuerto, relataron en minutos sus historias de vida.

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Uno se iba porque enviudó hace más de un año, sus hijos le enviaron el pasaje para que se fuera a vivir con ellos, “y si me deportan, no importa a dónde me manden, El Salvador o Colombia, yo me quedó trabajando de lo que halla, pero a Honduras no quiero volver, nunca más”, me dijo, con profundo desencanto.

Y no era para menos. En la aerolínea por su equipaje le cobraban cerca de mil dólares, apenas le dejaron pasar un par de cosas en su bolso de mano, rescató un saco para abrigarse del frío que le esperaba en su largo trayecto. La historia de la otra compatriota migrante, no fue distinta.

Su cuñado puso su tarjeta de crédito para pagar por su maleta de mano, donde llevaba un pequeño peluche que le dio uno de sus hijos. Madre de dos chicos y con su esposo lisiado, víctima de la violencia e inseguridad en Colón, tuvo que migrar para poder pagar la operación de su marido, un tratamiento de diálisis de su madre y tratar de sacar adelante a sus hijos.

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Se había quedado sin empleo y sus vecinos y los miembros de su iglesia, hicieron una colecta para que pudiera irse a Barcelona, donde dos amigas le esperaban y le ayudarían a conseguir trabajo.

Un día antes de partir, los vecinos le llevaron arroz, frijoles, harina de maíz y azúcar para el camino, relató con sus ojos llorosos. Estas líneas quedan cortas para relatar sus vidas y por qué huyen de un país que les niega las oportunidades.

Son sin imaginárselo, parte del ejército de los “desalentados” que no hallan empleo, buscan y buscan, hasta que se cansan. No importa la edad, y terminan optando por migrar, según el último reporte laboral del Cohep. Los migrantes son, hoy por hoy, la principal fuerza de la economía “no tradicional”.

Sus historias parten el alma. Mis compañeros de viaje, siguieron su ruta, cruzando los dedos por llegar a buen puerto. Van llenos de fe, de esperanza, pero cargados también de tristeza por lo que dejan atrás: su tierra y su gente. También cruzo los dedos porque hayan llegado con bien.

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